9 sept. 2011

¡Gloria y loor!

Y hace muchísimos años nos preguntábamos qué era loor y a veces le decíamos olor. Pero lo cierto es que, gracias a la Señorita Dorita, yo sé todas las canciones patrias. Ella se sentaba al piano, la rodeábamos y era fascinante oírla con tanta pasión. Se pintaba los labios bien rojos y usaba un guardapolvo azulado.
Hoy, no quiero ni saber cuántos años más tarde, volví a cantar el Himno a Sarmiento. Me encanta la parte que dice: con la luz de tu ingenio iluminaste la razón en la noche de ignorancia.
Para decir verdad, a mi me cae particularmente mejor San Martín. Pero hoy había un plus: mi niño era guardia de honor de la bandera. Yél tenía una felicidad inmensa, entonces blanqueé el delantal lo más que pude, planché (¿me entienden? ¡Planché!) y salió detrás de la bandera, serio y orgulloso de escuchar su nombre por los altoparlantes que por supuesto se acoplaban. Sino, no sería una escuela primaria ¿no?
A pesar de que la Señorita Dorita nos enseñaba canciones maravillosas y las recuerdo a todas con alegría, no me acuerdo tan bien cuando salí de Paula Albarracín. Cuando sos chico no querés ser un soldado realista, querés ser un granadero. Y bueno, yo no quería ser la madre de un nerd que imaginaba pelado y con cara de enojado de pequeño igual que en las pinturas, pero en miniatura. 
Alguien me hizo un telar, me vistieron de negro, me hicieron un rodete tirante que me dejaba china y me tiraron talco para que parezca canosa. 
Como soy muy dispersa, una vez que se retiró la bandera, daba vueltas alrededor del acto, que se hizo en un patio iluminado por el sol. Vi muchas mamás emocionadas, abuelas y un abuelo que lo pusieron de Sarmiento viejo y era bastante parecido, sólo que llevaba una campera. Yo le hubiera puesto una manta tejida por su madre para cuando fuera grande. En vez de nena llevá el saquito sería: nene llevate la manta que tu madre te hizo en el telar. En escena también apareció una hermana de Domingo y me acordé de una lectura de segundo grado. Era del libro Los teritos. Cómo me gustaría tenerlo ahora... el texto llegaba a una moraleja "me indigesta más una mentira que un pepino" y era porque la hermana le dijo que ese día no comería pepinos porque no había en la feria. Pero sí había y ella le había mentido porque le hacían mal.
No es feo ejercicio meterse en esos recónditos espacios que no quedan precisamente en un altillo o buhardilla y despiertan estas aventuras adormecidas. 
Pero me falta una parte: lloré. Lloro en todos los actos. ¿Y qué?

3 comentarios:

  1. http://www.youtube.com/watch?v=aph_8hwJWMo

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  2. oso sos hermoso.... te adoro.. te quiero abrazar fuerte tata

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  3. Divino relato, Ross. Sin dudas, estuve ahí, viéndote planchar el delantal, viéndote hacer de Paula Albarracín y viéndote llorar. AH. aquí tenés un pañuelito!

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